¿Quién es Casandra y por qué grita?
En la mitología griega Casandra fue hija de los reyes de Troya y sacerdotisa del templo de Apolo con quien pactó, a cambio de un encuentro carnal, la concesión del don de la profecía. Sin embargo, cuando accedió a los arcanos de la adivinación, la sacerdotisa rechazó el amor del dios. Éste, viéndose traicionado, la maldijo escupiéndole en la boca: Casandra seguiría teniendo su don, pero nadie creería jamás en sus pronósticos.
Tiempo después, Casandra previó la caída de Troya y todo por lo que luchaba, pero le fue imposible prevenirlo: tal era la maldición de Apolo. Pese a su anuncio repetido e insistente de la inminente desgracia porvenir, ningún ciudadano ni sus propios padres dieron crédito a sus vaticinios.
domingo, 20 de enero de 2013
Gordillo y Deschamps, ¿culpables?
De nueva cuenta, Elba Esther Gordillo y Carlos Romero
Deschamps han sido reelectos líderes sindicales de sus respectivos gremios, el
SNTE, Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, y el SNTPRM,
Sindicato Nacional de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana.
La reacción del vox populi fue
inmediata. Al abrir el depósito de embrujos que ambos personajes han acumulado
a lo largo de los años encontramos cosas como la llegada de ambos líderes con
la venia y gracia de Carlos Salinas de Gortari –y la demonización que eso
conlleva-, los ridículos gastos de ambos con dinero del erario público
–ya sea en Hummers para “incentivar el buen trabajo” o en viajes al extranjero
en avión privado -con todo y mascota disfrazada de ropa ultra cara-, o el
rezago en términos comparativos con otros países con similar nivel de
desarrollo que el nuestro en sus áreas competentes –educación de calidad y
sustentabilidad energética-.
Este último elemento es el que quiero resaltar. Generalmente
escucho que el tema del rezago educativo en México en áreas fundamentales como
comprensión de lectura y matemáticas se reduce únicamente a la personalidad de Elba
Esther Gordillo frente al sindicato. De la misma manera, el tema de la falta de
innovación y desarrollo tecnológico que permita de una vez por todas hacer a
Pemex una empresa moderna, se reduce a que Romero Deschamps es el líder
sindical. Me permito decir que esto es una falacia. No es el sindicato el que
está mal, es el sindicalismo en México.
Me explico.
En grandes –muy grandes- rasgos, los sindicatos son la
materialización de la lucha obrera mundial para poder reclamar y hacer valer,
de manera colectiva y organizada, cierto tipo de derechos frente al patrón.
Esto debido a que, naturalmente, la clase obrera no tiene ni los mismos
intereses ni la misma participación en la generación de riqueza que tiene el
patrón en el proceso productivo.
El sindicato está para proteger los intereses de los
trabajadores con plena autonomía y autogestión. Sin embargo, estas diferencias
vuelven indispensable su cooperación, la cual es garantizada por un organismo
autónomo e independiente.
Sin embargo, eso no sucede en México.
La historia de los sindicatos en la conformación del México
posrevolucionario es bien particular. Los sindicatos estaban alineados a algún
sector en particular (de ahí que los hubiera rojos, amarillos, blancos,
verdes, etc.), y representaban una de las pocas estructuras formales para la
reconciliación del individuo con el colectivo en México.
De ahí que el Partido-Gobierno del Estado mexicano
posrevolucionario asentara su fuerza en los sectores obrero (CTM, Confederación
de Trabajadores de México), campesino (CNC, Confederación Nacional Campesina),
y popular (CNOP, Confederación Nacional de Organizaciones Populares).
El sindicalismo en México está íntimamente ligado a la
génesis de las estructuras formales del gobierno y es ahí, justo ahí, donde
está el detalle: los sindicatos no deberían utilizar al Estado para fines
políticos, así como el Estado no debería intervenir en el sindicato. Y para
terminarla de amolar, el órgano regulador de las
relaciones obrero-patronales, la Junta de Conciliación y Arbitraje, reproduce y
fomenta un uso político de las interacciones entre sindicatos y patrones.
Los sindicatos más grandes de México (como bien pueden ser
los dos casos anteriormente mencionados) no deben ser utilizados para la
movilización masiva de votos en las elecciones presidenciales. Es claro que
invocar al deber ser no es suficiente. Lo que
hace falta –sin pretender ser un experto y desde una lectura sugerente
únicamente- es que las campañas, pero sobre todo las precampañas políticas
estén debidamente reguladas en términos del gasto de los partidos políticos
para que los favores se paguen con otra cosa que no sea el erario público.
Hace falta dotar de mayor autonomía a la Junta de
Conciliación y Arbitraje de tal manera que pueda, en los subsecuentes fallos,
ir ganando la legitimidad perdida frente a las organizaciones sindicales y
pueda realmente ser considerada como un árbitro fiel e imparcial. Deben
descentralizarse los programas de educación pública –prerrogativa que hoy
concentra la Secretaría de Educación Pública-, así como desarrollar un proyecto
económico alternativo que no dependa como principal fuente de ingreso a la
renta del petróleo, y un sinfín de alternativas más.
Si mañana Elba Esther Gordillo y Romero Deschamps dejaran a
sus respectivos sindicatos, ¿de manera inevitable se vería un incremento en la
calidad educativa y en la sustentabilidad energética que tanto necesitamos? Se
podría argumentar que es una condición necesaria; sin embargo, es de sentido
común reconocer que está lejos de ser suficiente.
Por eso digo que no son los líderes sindicales los
responsables de los grandes problemas nacionales, sino todo un entramado
institucional perverso que no permite que las cosas funcionen como deberían.
La ley en los libros es fabulosa; sin embargo, cuando se
observa la ley en acción, la realidad es otra. Es necesario aclarar esto para
poder abordar el problema educativo y energético con mayor precisión.
Si no lo hacemos, el discurso ideológico y panfletario
seguirá prevaleciendo en el debate público por encima de los argumentos y las
razones concretas que verdaderamente podrían hacer que las cosas cambien.
Contra las descalificaciones pasionales
“La actitud es
escuchar, que está más allá de oír. Muchas veces oímos muchas cosas, pero
tenemos que tratar de escuchar lo que el otro está queriéndonos decir. Esto es
una actitud fundamental”.
-Paulo Freire
Los seres
humanos tenemos capacidades únicas frente a otros seres vivos en el planeta que
nos permiten alcanzar más y mejores estadios de existencia. Naturalmente uno
pensaría en la racionalidad como una de esas capacidades distintivas entre
animales y seres humanos. Sin embargo, definir a la racionalidad –de manera muy
minimalista- como la capacidad de ordenar nuestros fines y plantear los medios
necesarios para alcanzarlos podría perfectamente incluir a los animales
también. Entonces, ¿qué queda? Uno podría argumentar, sin lugar a dudas, que el
lenguaje es una característica distintiva innegable. Yo argumentaría que el
lenguaje es una condición necesaria –un medio, vaya- para poder realizar
aquella actividad que sí es característica y única de los seres humanos: la
razonabilidad.
La razonabilidad
es la inclinación de los seres humanos a desarrollar y determinar las
directrices para la cooperación social. Esta inclinación se sostiene en la
necesidad que todo ser humano tiene de explicar y justificar su conducta en
términos que no puedan ser rechazados (el principio motivacional de Scanlon)
por nadie. Esto significa que todos pretendemos utilizar una suerte de
“esperanto moral” o una “gramática pública” para explicar nuestras acciones. Esto,
a la larga, termina por consolidar una red de significados, códigos, valores y
juicios morales propios al interior de una sociedad en particular, pero sin
lugar a dudas liberal.
Bueno, ¿y toda
esta teorización para qué? Para señalar que a pesar de existir una aceptación de las
premisas de la sociedad liberal que en el discurso decimos aceptar, en realidad,
detrás de las palabras se esconde una práctica que remite a una forma sutil de
totalitarismo. De hecho, esto es posible debido a que la principal amenaza del
totalitarismo proviene precisamente de su naturaleza quimérica al esconderse
detrás de tantas distintas fachadas como la nacionalsocialista, la fascista, el
estalinismo o, incluso –y como pretendo denunciar en estas líneas- detrás del
liberalismo. Jaspers decía que el totalitarismo era como un germen que se inocula
silenciosamente y toma diferentes formas. En la historia encontramos ejemplos
de esto: así le sucedió a la República de Weimar, así le sucedió al mismo
Vasconcelos.
La razonabilidad
presupone también que ninguna de las partes involucradas pretende imponer una forma
verdad sobre otra(s), ya que entonces los términos de cooperación social serían
parasitarios de una sola forma de verdad (¿Gulags?)
y como podría ser la propia la que termine por imperar, como bien podría ser la
de alguien más. Esta contaminación deriva en algo que, al principio, pregona por la Democracia y la Libertad
(con mayúsculas platónicas), y termina por imponer una visión totalizante
(Hannah Arendt dixit) en donde
solamente su democracia y su forma de libertad (minúsculas
fascistas) son válidas. Pero no sólo eso, la disidencia al interior de estas
coordenadas no solamente es negada, sino que además es considerada contraproducente
y enemiga, y como en la guerra, al enemigo hay que destruirlo. Siguiendo el
argumento, invocar la cooperación social y hacerlo de esta manera, sólo termina
por ser una excusa para levantar un espejo de autoafirmación narcisista y
autocomplaciente entre aquello que piensan, sienten y hablan igual. lógica,
esto se llama la falacia naturalista: hacer a
la aceptación el único criterio de validez, confundiendo la aceptación
con la aceptabilidad; terminar por pensar que porque es deseado significa que es
también deseable.
El liberalismo
debería ser entendido como una forma de comunidad en donde los conflictos no
impidan la cooperación y, de la misma manera, la cooperación no desactive los
desacuerdos. El diálogo no es traición, ni la interlocución significa sumisión.
Un punto de vista similar ofrece Slavoj Žižek en su crítica a la izquierda como
proyecto político. Las coordenadas políticas en las que generalmente se ha encontrado
la izquierda (de resistencia y de oposición) han pasado a ser parte de su propio
código de identidad. Amparados en un discurso ideológico, los de izquierda han
asumido una posición de “mártires”, no sin seguir afirmándose entre ellos
mismos el ser los únicos con un proyecto político “emancipador”, cuando lo que
al final sucede es que terminan por reafirmar el status quo.
Cualquier
parecido con la realidad es precisamente una coincidencia de lo que se ha visto
a lo largo de los últimos meses y años en el escenario político nacional.
Que la
deliberación pública gire alrededor de aquellos principios políticos que
encontremos resulten contradictorios entre sí para que así nosotros mismos, la
ciudadanía, podamos ir asentando pisos de certeza alrededor de aquellos que nos
conduzcan hacia una sociedad más libre
(no haya coacción por parte alguna fuerza ajena), más justa (cada quien haga lo que tiene que hacer y sea responsable por
sus actos) y más próspera (la
mejoría social por parte de los más aventajados debe realizarse de tal manera
que ello represente también una mejoría para los más desaventajados). La buena
educación permite a hombres y mujeres entablar un ejercicio de este tipo y
encontrar un camino común para problemas compartidos. La debilidad mental lleva
al hombre y a la mujer a reaccionar de manera violenta utilizando
descalificaciones pasionales y sin fundamento debido, precisamente, a una
culpable incapacidad de usar la razón.
Estos son mis
argumentos políticos. Espero que entonces la siguiente “carta” que se me
escriba sea confrontando y contrastando estos términos con otros y no solamente
un documento lleno de descalificaciones basadas en prejuicios y presuposiciones
acerca de mi vida personal con la métrica moral de sus propio códigos de vida.
Nadie es dueño de ninguna verdad, nunca. Lo que sí es que es bien racional ser
razonable precisamente porque permite la satisfacción de nuestros proyectos
personales reconociendo en los otros una oportunidad de superación y no un
obstáculo y mucho menos, un enemigo.
“Defendemos el proceso
revolucionario como una acción cultural dialogada constantemente con el acceso
al poder en el esfuerzo serio y profundo de concientización”.
-Paulo Freire
Peña Nieto presidente, ¿y ahora
“Que vivan los
estudiantes
que rugen como los vientos
cuando les meten al oído
sotanas o regimientos,
pajarillos libertarios
igual que los elementos.
Caramba y zamba la cosa,
que vivan los experimentos…”
cuando les meten al oído
sotanas o regimientos,
pajarillos libertarios
igual que los elementos.
Caramba y zamba la cosa,
que vivan los experimentos…”
-Mercedes Sosa
Habemus presidente. Y la referencia al cónclave papal no es menor.
La hago porque así pareciera que fue el proceso por el cual el Tribunal
Electoral del Poder Judicial de la Federación falló (ahí cada quien agregue su
interpretación del verbo) la semana pasada para resolver el resultado de la
elección presidencial. Los sacrosantos
magistrados (infalibles en moral, fe e interpretación del Derecho
Electoral) se reunieron a sopesar la
evidencia reunida y la documentación recabada sobre el caso que propugnaba la
invalidación de la elección presidencial. En el silencio de sus reflexiones y
después de largas horas de deliberación, determinaron con el más estricto apego
a Derecho que el ganador irrefutable es Enrique Peña Nieto. Ahora bien, lanzo
la siguiente pregunta: Si tuviéramos que hacer un cuadro sobre este episodio de
la historia de México, ¿qué estilo sería el que mejor lo representaría?
Sin duda alguna el surrealismo.
La prensa internacional (especialmente francesa y alemana) no lo puede creer.
¿Cómo es que un pueblo puede regresar al poder político al partido que tanto
daño le causó a su país durante tanto tiempo? Peor aún y esto lo digo yo, ¿cómo
se puede validar un proceso electoral tan podrido y nauseabundo como el vivido
el pasado julio? Validando una elección así lo único que se hace es
institucionalizar la corrupción rampante que se vive –y al parecer se seguirá
viviendo- en los procesos electorales mexicanos. Ya no importa por quién se
votó, sino cómo se voto y ese cómo no fue el de un ambiente ni de libertades ni
de secrecía. Bueno, ¡si hasta el mismo Presidente reconoció la compra y
coacción del voto en la elección de Michoacán en donde su hermana perdió la
gubernatura!
Con este apunte previo quiero decir: el Tribunal Federal no
falló, fallaron los magistrados.
Escribe Enrique Dusserl en La Jornada el día 2 de septiembre: “Todos los jueces acordaron como estrategia
argumentativa elegir un camino formalista y desechar todas las pruebas por no
ser acordes con la legislación vigente del debido proceso. Es decir, en verdad
material y real no juzgaron nada, sino que nulificaron todas las pruebas de las
acusaciones y ni entraron en materia.”
Hombres de carne y hueso que han
olvidado lo mucho que le ha costado a este país construir instituciones. El
derecho político a ser representado a través del voto en este país es una
vacilada. Mi voto no cuenta como traductor de preferencias, sino como simulador
de mayorías al servicio de una oligarquía política que ha instaurado al saqueo
y a la pauperización de la calidad de vida del mexicano promedio. Si las
instituciones no me responden y mi voto no tiene poder para hacerlas cambiar,
¿qué queda por hacer?
Según Norberto Bobbio, una de las promesas no
cumplidas de las democracias consolidadas modernas se resume con la siguiente
interrogante: ¿quién vigila a los vigilantes? Y más importante aún, ¿cómo se
vigila a los vigilantes? Esta es la cultura de la rendición de cuentas que no
ha germinado en México. Si bien ya contamos con el IFAI y su Ley de
Transparencia, aún falta mucho por recorrer para llegar a la verdadera
rendición de cuentas que se necesita. Y es fácil entender porqué. Durante 70
años en México la única forma de hacer política era o bien, estando dentro de
la estructura corporativista del Partido de Estado (arquetipo Fidel Velásquez)
o bien, en la clandestinidad oculto en la sierra de Guerrero armado hasta los
dientes (arquetipo Lucio Cabañas). En medio de este espectro nunca existió –ni
existe todavía- una sociedad civil que opere como contrapeso ciudadano con el
suficiente peso político para presionar las reformas necesarias sin recurrir a
hacer uso de la violencia.
Hoy, alinear los intereses de las
organizaciones civiles a las agendas de un Partido es un suicidio en términos
de construcción de democracia. Los partidos políticos mexicanos –todos por
igual- conforman una mafiocracia opaca
y corrupta que no ve por los intereses de nadie más que los de sus allegados (y
eso, a veces). Pensar optar por la vía violenta tampoco es una opción. La
violencia ya está instalada en todo el país y la tragedia, el dolor y la
barbarie no puede ser justificada en nombre de un bien abstracto e inmanente,
mucho menos en nombre de un programa político. Es hora de hacer las cosas
distintas. Es hora de hacer un experimento.
Aquí les va:
El programa de lucha debe
concentrarse en articular a la sociedad civil de la mejor manera para que ésta
pueda subir hasta la cúpula del poder –ya que ellos han decidido no bajar-,
encararlo y reclamar lo que por derecho es suyo: luminarias, drenaje, servicios
de salud, educación de calidad, espacios comunitarios, etc. En México suena a
ciencia ficción pero esto es lo que los países con democracias consolidadas
hacen ya como parte de su cultura cívica. La sociedad civil debe pasar a
entenderse como contralores que hagan efectivo los derechos a los que estamos
sujetos y no como simples simuladores de resistencia que sólo terminan por
alinearse a los intereses de los que, en teoría, estaban confrontando en un
primer momento.
Hoy, esa oportunidad la tenemos los estudiantes. Herederos
de una generación que no hizo lo suficiente por el país, los estudiantes de
este país debemos regresarle algo a nuestra Patria no como caridad sino como
responsabilidad histórica.
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